Un guitarrista enchufa un buen día una guitarra a un trasto que amplifica su sonido. Arranca en ese instante una etapa de la música moderna en la que lo que suena no es ya una traslación exacta y fidedigna de lo que un humano como emisor de sonido es capaz de dar por sí mismo manipulando un instrumento acústico y, más importante, alguien crea con ello el rockandroll y la música pop como modelo clásico de nuestra contemporaneidad. Fue el inicio de una era excitante en la historia de la música pero en los años 50 muchos lo consideraron automáticamente un engaño, un escándalo, una estafa.
¿Que el concierto de John Maus polarizó a la audiencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid? Estupendo, lo mismo ocurrió la primera vez que Elvis salió por la tele, la primera que Dylan electrificó su cancionero, cuando los Pistols pillaron a un bajista que no sabía tocar, cuando Kraftwerk montaron un concierto con autómatas o cuando Public Enemy le dieron a la sirena. ¿Desde cuando un concierto es mejor o peor según ciertas decisiones de tipo técnico?, ¿Qué convierte a John Maus en una propuesta menos honesta que Suicide, Flaming Lips, Sunn O))) o cualquiera que interprete usando overdubs, carezca de filigraneo o no tenga un cantar ortodoxo? Intentar trazar el límite de lo que es y lo que no es constituyente de una propuesta válida de directo es una empresa que dejará en muy mal lugar a quien lo intente.
John Maus actuó en el Primavera de hace dos años con una propuesta tal cual. Fue un éxito, igual que este año en el Casino de l’Aliança. No cabe apelar a la falta de sinceridad: Maus lleva años desarrollando su lenguaje con este tipo de exposición escénica y a nosotros nos parece magnífico, disienta aquí quien quiera. Su propuesta artística es esta y no otra y, dicho sea de paso, está más que glosada por la red.
A muchos de nosotros nos parece un valor superior a la pericia instrumental el hecho de ver a un artista trascender más allá de sus dotes artesanales y nos parece difícil de comprender que esto necesite ser explicado aun una vez más. Otros pueden opinar lo contrario, faltaría. No me extrañaría que algunos de estos últimos tuvieran colgado en la pared de su casa algún póster de las sopas de Warhol…
Lo que sí estamos obligados a recordar desde Primavera Sound es que cualquiera puede abandonar un concierto concreto del festival si lo que ve y escucha no entra (hay otros grupos tocando en otros escenarios) y que, en cambio, arrojarle un vaso a una persona es como mínimo una acción reprobable y como máximo un delito.
Abel González








